martes, 13 de noviembre de 2012

(5) El mar de Sal y la Quebrada de las Conchas


Antes de abandonar Purmamarca decidimos “subir” a las Salinas Grandes y lo de subir es literal ya que tenemos que ascender por la carretera hasta los 4.200 metros. Previamente nos despedimos de la localidad recorriendo el Paseo de los Coloraos.

Es una de sus atracciones y consiste en un pequeño circuito, sobre una hora, por los alrededores. Los colores de las montañas que la rodean son muy variados y configuran casi una paleta completa de pintor.


Recomiendan recorrerlo por la mañana pronto o bien al caer la tarde, cuando el sol facilita observar la sorprendente diversidad geológica de esta zona.



Grises, marrones, violetas, verdosos, rosas, rojos u ocres conforman una visión que se complementa con barrancos en los que se forman extraños perfiles. Como todo el área, la naturaleza ha actuado de manera especial.


Una jovencita canadiense de rasgos asiáticos nos hizo la foto anterior.


En algunos casos los contrastes son espectaculares.

Abajo, llamas en una granja.


Al terminar, en una soleada mañana de sábado, hicimos una concesión a la galería y pasamos un rato en el mercadillo de productos de artesanía tradicional aunque está bastante estandarizado y todos tienen más o menos lo mismo.


Además de en los pueblos están por todos los lados, con descendientes de indígenas sentados silenciosos junto a su mercancía. No agobian y hoy volvimos a hablar con otro niño, Aníbal, que los fines de semana cambia el cole por esta labor.




Tras ello iniciamos el ascenso por la Cuesta de Lipán. Como nos preocupaba un poco la altura a la que íbamos a estar empezamos a mascar como locos hojas de coca. El día anterior, en Humahuaca, a sólo 3.000 metros, al hacer algo de esfuerzo físico ya habíamos notado un poco el mal de altura por lo que en esta ocasión preferimos prevenir.



La región a la que nos dirigimos ya no forma parte de la Quebrada de Humahuaca sino de la Puna, el altiplano argentino, del que deriva el término “apunado” referido a las personas afectadas al mal de altura. Dicen que en ocasiones también afecta a los coches, que sufren de ”apunamiento”, pero nuestro utilitario resistió.


Alcanzamos los 4.170 metros y nos paramos para hacernos la foto de rigor, claro. Por el camino nos topamos una vez más con una patrulla policial. Se situan en medio de la carretera, a veces con un cartel previo (otras no) y hay que reducir la velocidad. A unos los paran pero a nosotros, hasta ahora, no. Como no hemos llegado al grado de confianza de hacerles fotos, simplemente lo contamos, pero llevamos ya unos cuantos.


Allí, cómo no, estaba Rodrigo vendiendo su mercancía, y una vez más, ejercimos de compradores , pues vendía algunos objetos sencillos hechos por él mismo.Era simpático y nos relató que fue hasta hace meses trabajador de las Salinas Grandes, y se refirió al el sistema empleado para extraer la sal, la importancia de la lluvia y que formaba parte de una cooperativa de 33 personas que las explotan mediante una concesión del Estado. Además sabemos que es una sal especialmente apreciada en la alta gastronomía, no sólo de Argentina. A partir de aquí, descenso, y al poco nos impactó un mar blanco. Todos llevábamos gafas de sol pues el efecto, dicen, y luego lo comprobamos, es como el de la nieve.


Al acercarnos nos chocó todavía más esta inmensa llanura (son 212 kilómetros cuadrados y no son ni mucho menos las más grandes del altiplano). El salar de Uyuni, en Bolivia, está relativamente cerca de aquí. Al inicio de la salina, cruzada por la carretera, nos paramos para verlas de cerca (excuso decir que también estaban unos aborígenes con souvenirs fabricados con sal). Estaban todos cubiertos,algunos incluso embozados con pasamontañas, pues la sal refleja el sol y quema. La pisamos y es una superficie dura, muy dura, creando formas como de charcos secos, y en los bordes hay grietas y tienen varios centímetros de espesor, como si fuera hielo. Aquí estamos haciendo el tonto para no "apunarnos".


El paisaje es casi cruel, estilo Antártida o similar, aunque aquí en el horizonte lejano hay montañas. Semeja que no hubiera vida y casi no la hay salvo algunos visitantes. Como sitio para vivir es desolador.



Localizamos unas construcciones en lo que debe ser el centro de trabajo. 


Están construidas con bloques de sal y, además de más souvenirs, hay unos váteres portátiles que cobran por usar, junto con maquinaria, montones de sal y depósitos de agua y combustible. Aquí no hay canalizaciones.


Vimos también una especie de rectángulos con agua donde se precipita la sal. Hay muchos, pero dimos un pequeño paseo y nos marchamos. Da un poco de yuyu y entendemos que Rodrigo prefiera vender artesanía, nosotros haríamos lo mismo. El trabajo aquí parece casi inhumano.


De vuelta nos topamos con unas vicuñas en una ladera. También con muchos camiones que caminan más lentos que una persona: las cuestas son muchas cuestas y no pueden, Hay tantos porque la carretera lleva a Chile (hay poco más de 100 kilómetros) y son de este país, argentinos y de Paraguay, sobre todo.



Antes de volver a Salta a dormir paramos en las termas de Reyes, un hotelito de época, donde nos tomamos un batido y rememoramos nuestro consumo de coca. Masticarla ha sido para nosotros un sufrimiento, salvo para Fely.


Quedaban muchos kilómetros y nos fuimos. Por el camino se produjo un curioso efecto térmico: según avanzaba la tarde subía la temperatura. No dábamos crédito. A las ocho de la tarde se produjo el pico de 36,5 en medio de un agobiante bochorno. Al llegar a Salta el ambiente era el de un día caluroso de agosto en Sevilla y nos dijeron que habían llegado a 40 grados.
Al día siguiente de mañana salimos hacia el sur camino de Tucumán para seguir nuestro periplo. Lo hicimos por un camino alternativo para ver otra Quebrada, la de las Conchas, también muy conocida y espectacular.

Antes de llegar paramos en una venta del camino llamada Posta de las Cabras. Se la había recomendado a Ana una chica en un foro (vía Internet) que había estado por aquí. Tenía aspecto tradicional, muchas cabras limpísimas en un amplio cercado y un bar-comedor agradable con un montón de tartas y bizcochos caseros.




Era media mañana y habíamos desayunado bien, pero sucumbimos a la tentación. No pudimos encajar la parada a una hora más adecuada y, como casi siempre nos adaptamos.

Estaban riquísimas y se lo dijimos al propietario, y le hizo ilusión. Charlamos un rato sobre la situación de España (tema recurrente cuando estamos con argentinos) y de la emigración española a este país.
Al poco iniciamos la Quebrada y de nuevo paisajes muy llamativos, aquí con laderas en color ocre intenso y la parte baja un río casi sin agua.

La Garganta del Diablo es uno de sus atractivos, una enorme oquedad que la naturaleza ha tardado millones de años en conseguir.


Para adentrarse hay que hacer un poco de escalada y sólo uno se lanzó, creyendo que los demás le seguían. Como suele ocurrir, lo más complicado es siempre el descenso, pero ya no había marcha atrás.



Siguiendo la carretera, a muy poca distancia está el Anfiteatro, otra oquedad que semeja una instalación de este tipo y que tiene una acústica excelente.


Estos tres se dedican a contemplar un video de las andanzas de algún  escalador aficionado.





Es mucho más grande, hay artesanía y vendedores (esta vez no son indios sino neohipis) y un grupo de franceses se puso a cantar para comprobarlo. Sonaba muy bien.

Después encontramos otro de los atractivos, el Sapo, que talmente parece tallado y no resultado de la erosión.

Topamos también con una venta donde tenían varias llamas (se diferencia de las vicuñas y los guanacos en que tienen pelo) de reclamo.

Después los castillos, curiosas formas que sugieren murallas.
 


Al salir de la quebrada llegamos a Cafayate (no confundir con Calafate) una tranquila villa dedicada al cultivo de la vid y la fabricación del vino. Tiene 12.000 habitantes y está a 1.700 metros de altura, pero hacía mucho calor. Recorrimos la plaza, de nuevo artesanía y puestos a tope, y visitamos la catedral, una de las tres iglesias de Sudamérica con cinco naves.



Haciendo una compra, es este caso algo tan prosaico como nueces, se repitió una jugada que ya conocemos: entregamos el dinero, se hacen los parvos y no te dan la vuelta. Como nos ha pasado más veces, la reclamamos y te lo dan sin la menor excusa. El problema es si no te has fijado en lo que le das y no te atreves a reclamar. Empezamos a aclimatarnos y este truco para turistas ya no cuela con nosotros.

Nos dividimos y dos miembras del grupo fueron a ver los puestos y Alfonso y yo a un bar a tomar una copa de torrontés, una de las uvas preponderantes en la zona. Estaba rico y fresquito el vino blanco y en la tele vimos los prolegómenos del partido a punto de comenzar: River Plate-Boca Juniors, o sea, Barça-Real Madrid. La bomba (futbolística). El camarero se confesó hincha del River y nos preguntó por nuestra preferencia en España; como siempre en Argentina, somos del Barça ya que la sombra de Messi es alargada y les encanta oírlo.
Cerca de Cafayate nos encontramos con extensas fincas de viñedos.


Vuelta a la ruta para llegar a Tafi del Valle, el pueblecito donde teníamos reservadas habitaciones en una casa rural. A unos 30 kilómetros, en una localidad llamada Amaicha del Valle que no parece tener interés surgió la sorpresa: un sorprendente museo del que no habíamos oído nada.Nos llamó la atención su exterior y decidimos entrar, el Museo de la Pachamama. Poco antes habíamos desechado acercarnos a Quilmes, pueblo donde vivía una tribu de indios del mismo nombre que plantó cara a los invasores españoles y lo pagó muy caro. Fueron trasladados los supervivientes a pie hasta Buenos Aires y eliminados como pueblo.
 

La Pachamama es la madre tierra y todo lo que la rodea.


Volviendo al museo, su exterior de piedra y sus puertas metálicas dibujando formas de dioses indios nos llevaron dentro.



Descubrimos que lo ha creado un particular, un artista llamado Hector Cruz, y cuenta con cuatro salas: dos de minería y geología y otras dos de su obra; tapices, escultura y pintura. 

Ha expuesto en España y es muy conocido. Olvidaba una sala dedicada a la historia de los pueblos indígenas, que es el leit motiv del museo, que cuenta con una gran sala dedicada a la venta de recuerdos y artesanía.


  
Sin embargo, lo más interesante son los patios exteriores, donde Cruz ha dado rienda suelta a su imaginación con esculturas sobre las deidades de los indios calchaquíes, y de hecho estamos en la zona llamada los Valles Calchaquíes.
 

 Nos encantó el Museo de la Pachamama .




Ya estábamos cerca de Tafi aunque ahora la carretera era mucho peor y tuvimos que subir de nuevo a 3.000 metros.



 Volvimos a encontrar cardones y atravesando el Abra del Infiernillo llegamos a este valle. Se produjo el milagro: de más de 30 grados llegamos a estar a 14, con niebla fuerte y lluvia. Menos mal que no fuimos a Quilmes, la carretera no está pintada y pasamos por barrancos, con lo cual mejor pasar de día.


Tafi nos sorprendió: parece un valle suizo, verde y con casas dispersas. Nos pareció un lugar de vacaciones y así llegamos a nuestro alojamiento: una casa chula atendida por un argentino y una francesa, la posada Inti Watana.
 

Está centrada en un proyecto de sostenibilidad, reciclaje y cultivos naturales, sencilla pero muy agradable y silenciosa.

En la cena disfrutamos de muchas canciones, algunas de Atahualpa Yupanqui, que interpretó bastante bien este hombre.



















lunes, 12 de noviembre de 2012

(6) Del "piedrazo", Garzón y los campos de Acheral


Un poco porque sí, en Tafí (del Valle, que hay otro Tafí), descubrimos los motivos por los que es tan apreciado por los tucumanos: cuando en Tucumán hace 40º aquí están a 25º. 

Por ese relajo que nos invadió al llegar Alfonso cogió la hamaca con ese gusto que se le aprecia a primera hora de la mañana del día 29.Sin embargo, a la manaña siguiente, Juanma tuvo la mala pata de trastabillar y para no romper una construcción artística de los caseros hizo un giro raro con su pierna izquierda.Consecuencia, un latigazo doloroso (el traumatólogo lo calificó de "piedrazo") y gran dificultad para andar.Los dueños de la casa nos aconsejaron ir al hospital de Tafí y allí nos dirigimos.

Aunque en España valoramos, con motivo, nuestra seguridad social, a veces es una buena cura de humildad conocer otras. Llegamos, en un minuto estábamos en manos de un traumatólogo que diagnóstico rotura de un tendón, el plantar delgado, y la gran suerte de que no fuese el talón de Aquiles que hubiera supuesto operación urgente. Por tanto todo se quedó en una venda, analgésicos y un poco de paciencia. Ah!, y todo gratis y sin preguntar quiénes éramos. 

En la foto superior saliendo de la farmacia para comprar lo prescrito.Así que resuelto el incidente, que solo supuso una limitación para andar un par de días, seguimos con nuestro periplo.
 
 Hicimos un circuito por los alrededores de Tafí, comenzando con la escultura de este cóndor, que tienen mucha historia.



Hicimos un paseo por carreteras de ripio (sin asfaltar) por una serie de lugares donde se fabrican productos de forma artesana. Así recalamos en la estancia Las Carreras, fundada por los Jesuitas en 1779, aunque unos años después fueron expulsados siguiendo la estela de España.


Desde entonces es una explotación agraria propiedad de una familia acomodada de Tucumán que la mantiene generación tras generación. Se dedican a fabricar quesos de vaca siguiendo la fórmula del manchego que llevaron los Jesuitas. A todo el que se acerca le explican detalladamente el proceso y tienen allí 90 vacas.


En la imagen la estancia en 1910 y para que quede clara la situación, ahora se llega en carretera de ripio pero hasta 1949 solo se podía acceder a caballo.


Además de las vacas tienen otros animales, como estas llamas.


Y en la imagen superior la degustación de los cuatro quesos que fabrican, que estaban ricos.


Y esa es la carretera de ripio, aceptable pero que obliga a circular con lentitud. Suponemos que con lluvia será mucho peor.


En el centro del valle de Tafí existe un lago, más bien una represa, la Angostura, de gran extensión.

También exhiben unos menhires encontrados en la zona, que fueron trasladados al punto de exposición sin demasiados controles.


Y tras la mañana de médico y circuito campestre en Tafí pusimos rumbo a Tucumán por la reserva natural de Sosa, con cierto trabajo porque es una carretera de montaña y estaba en obras. Cada poco nos paraban y  hubo que circular con precaución dadas las pendientes y los barrancos, aunque el paisaje era subtropical.

Al salir de ese desfiladero llegó la sorpresa en un pueblo sin aparente interés llamado Acheral. Feli había leído en su guía que existía una muestra de Atahualpa Yupanqui y tras algunos esfuerzos lo encontramos. Disfrutamos de un rato de los que no se olvidan.


Lo atendía Miguel y además de encargado era un enamorado de Don Ata, como lo llamaba en todo momento. 

Nos explicó su vida con detalle, encontramos carteles de dos actuaciones suyas en Santiago de Compostela y vimos un vídeo resumen de su trayectoria, difícil trayectoria que incluyó exilio, torturas y también un gran reconocimiento internacional.Así que nos despedimos de Miguel, de Acheral (localidad que aparece en su conocida canción Luna tucumana) y pusimos rumbo a Tucumán para devolver el coche de alquiler.


En la estación de buses tomamos un ídem para viajar toda la noche hasta Mendoza: habíamos cogido la clase vip y mereció la pena. Es un tipo de autobús que por aquí no existe: Solo tres asientos por fila y el doble de espacio de lo normal, con lo que se convierten en cama.


Arriba está la muestra, y también te dan de cenar y desayunar.


Dormimos estupendamente pues los asientos se aislan para tener una cierta intimidad.
Esta es la calle de nuestro hotel en Mendoza, con un monumento dedicado por el Estado de Israel.


Y una vez en Mendoza, todo el día para disfrutar de esta ciudad famosa por sus vinos y de la que teníamos noticias por nuestros amigos Paco y Víctor, que cursaron aquí en el pasado sus especialidades de medicina.

No teníamos grandes expectativas pero la ciudad (120.000 habitantes y 800.000 incluyendo su cinturón metropolitano) nos encantó: muchos árboles, acequias por casi todas las calles (hay un cierto peligro para peatones y coches) y más limpieza urbana que en otros sitios.


El vino de Mendoza está presente por todos los lados, incluyendo esa fuente "roja" en una de las calles.


Cuenta también con varias plazas llamativas y el de arriba es, como no, el monumento a la independencia.

Tras un rato de paseo nos dirigimos al parque San Martín, una especie de Casa de Campo madrileña (tienen 400 hectáreas de extensión) del que nos había hablado maravillas Ogadenia, la mujer de Víctor, que vivieron aquí unos años.


Buscando donde comer en el extenso parque terminamos en el club Las Terrazas del Lago, abierto a no socios. y fue una suerte. Comimos bien en una terraza sobre el lago (¡claro!) disfrutando de un buffet libre, del paisaje y de una temperatura fresca. El camarero inmortalizó el brindis que hicimos dedicado a Paco y a Víctor, de los que nos acordamos todo el día.


Esta es la imagen exterior del club, que tiene nada menos que 18.000 socios.

La comida fue calmada y tranquila, ya que hasta las 8 de la tarde no teníamos otro plan, ya veréis por qué.


Por ese motivo recorrimos algunos rincones del parque y de la ciudad, desplazándonos en taxi, que aquí son baratos para nosotros (otras muchas cosas, como los hoteles, para nada).

Y a las ocho de la tarde nos dirigimos en taxi a la Universidad, ya que le daban el doctorado honoris causa a un español conocido. Lo leímos en un periódico por la mañana y como era nuestro único día en Mendoza decidimos acudir.

¿Lo habéis reconocido, a la izquierda, saludando a Juanma?

Sí, es Baltasar Garzón que ese día completó su 24 doctorado honoris causa y que arriba saluda a Alfonso y a Ana. El acto fue largo. Incluyó una actuación del coro de la Universidad, los himnos de Argentina, España y la Universidad y discursos de un profesor, la decana de Ciencias Políticas (nieta de un republicano español), del rector y de Garzón, que se extendió con un parlamento bien estructurado. Dijo que estaba fuera de la judicatura "por el momento", mostró su disgusto con la situación que atraviesa y recibió entusiastas aplausos y elogios de los cientos de presentes por su lucha por una justicia universal contra los genocidas, en favor de los derechos humanos. Su decisión de enjuiciar hace 15 años a las juntas militares argentinas y su orden posterior de detener a Pinochet lo han convertido en un héroe para los demócratas sudamericanos. Lo comprobamos de primera mano. También había una representación de las Nadres de la Plaza de Mayo.
 
 Fue un interesante complemento de un día de vacaciones en Mendoza, además de una excepcional casualidad.Bueno, y la ruta sigue. Mañana salimos para Chile atravesando los Andes.